Tempestades del Real Sitio

Hace ahora mes y medio que contemplaba desde mi ventana cómo el mundo parecía estar pronto a su fin. Durante media hora infausta, la luz se tornó en oscuridad y unos nimbos terroríficos descargaron su ira sobre el Real Sitio. La lluvia era tan violenta que apenas se podía ver a cinco metros y, mezclada con gruesos granizos, apiolaban al más valiente. O insensato, según se mire. Por las calles bajaban verdaderas avenidas de agua que se llevaban todo por delante y me recordaban a mi suegro, cuando me avisaba de que cualquier día íbamos todos al puente de Segovia.

Y es sorprendente con qué frecuencia ocurre que algo maravilloso se troca en terrible en este paraíso. Y casi siempre, con el agua como protagonista. El nueve de septiembre de 1793 llovió tanto que la pared del jardín que linda con las calles Alta y Baja de la Ría (No sé quién fue el lince que cambió esos nombres por Ría Alta y Ría Baja, cuando no hay más que una ría en el jardín) no pudo soportar la presión del agua y reventó. La riada fue de aúpa. Bajó por la calle de la Calandria, entonces de los Telares, calle de la Reina y del Horno con tanta violencia que arrastró a cuántos encontró a su paso, perdiendo la vida ocho personas.

Contra estas tempestades avisaba Breñosa ya hace tiempo, especialmente aquellas que venían del Este, de vientos huracanados y repletas de truenos y rayos. Que se lo digan si no a la secuoya que llamamos el Rey, cubierta su corteza de profundas cicatrices y laceraciones. Que parece que los rayos se han enamorado de su porte masculino y estirado. Claro, que la cercanía del pararrayos de la Colegiata ayuda lo suyo, oiga. Y si no, hablen al respecto con mi compadre, el Señor Bellette, cuyas cejas están blancas de tanto resplandor. Y una de sus televisiones en la basura por el susto. Y un teléfono. Y un reproductor de vídeo.

Ahora bien, si piensan que con el frío desaparece el peligro de tempestad, van ustedes frescos. Que cambiamos el rayo y el agua por la nieve y nos podemos preparar. Ya sé que a todos gusta la nieve. Su puro color y frescor vigorizante. El maravilloso paisaje. Las fotos en los jardines con las fuentes congeladas y cubiertas del manto primigenio de la madre Naturaleza. Si, además, ocurre a destiempo, a finales de primavera o principios del otoño, nos volvemos locos, transformamos en turistas y corremos al jardín, poniendo en un brete a la Delegación con tanta visita. El 8 de mayo, por ejemplo, de 1797 nevó tanto que hubieron de ser recogidas entre los muros del Real Sitio más de 10.000 ovejas que bajaban del pinar en temporada de esquileo, perdiendo la vida en la tempestad cuatro pastores y sus correspondientes rebaños. Hasta dos varas y media cayeron en los altos, una en la población, lo que traducido al sistema internacional de medidas nos da casi un metro y más de dos en las cumbres.

En aquella ocasión, lo funesto de la tempestad se debió a lo inesperado. Nadie espera un metro y medio de nieve en mayo. Lo espera en febrero. O principios de marzo. Entonces solemos estar preparados. ¿O no? El 6 de marzo de 1806 nevó tanto y con una ventisca tan fuerte que la nieve cubrió los balcones de las casas y hubo que sacar a los vecinos por los tejados. En similares circunstancias se encontró el Real Sitio en 1974, cuando estuvimos tres días incomunicados y hubieron de ser despejadas las calles por camiones quitanieves. Que nos podíamos sentar en los balcones de la iglesia sin escalera.

Otra de las versiones tempestuosas del agua en mi paraíso ocurre cuando se congela, impelido por las bajas temperaturas. De esas hemos visto muchas. Algunas de naturaleza ártica. Entre las más señaladas, el 17 de enero de 1808 hizo tanto frío que todas las calles del Real Sitio acabaron cristalizadas, lo que resulta asombroso teniendo en cuenta que eran de tierra prensada. A un servidor se le congelaron los pantalones yendo a la panadería de Bernardo a causa de unos increíbles 18 grados negativos en 1987.

Seguramente, mis vecinos tendrán sus recuerdos acerca de temporales, ventiscas, tempestades, nublados terribles y tifones varios que puedan compararse a los citados. Y estoy seguro de que me lo harán saber. Por eso, cuando el otro día leía la carta de Emiliano Yagüe en este centenario diario sobre la podredumbre del agua del pantano del Pontón, se me vino a la memoria aquella tormenta del pasado mes de septiembre y pude rememorar cómo reventaron los colectores y el modo en que la riada recorrió todo el barrio bajo, inundando garajes, casas y locales comerciales para terminar, irremisiblemente en el sumidero en que a veces se convierten los ríos.

No me cabe duda de que tal circunstancia ha ocurrido en el pasado y ocurrirá en el futuro. Por ello, si para algo sirve el conocimiento de la Historia es para comprender el pasado y utilizarlo como referencia en el futuro, procurándonos esa experiencia milenaria que nos debería hacer caminar hacia la perfección social.

Por lo que a mí respecta, seguiré atento a las nubes de este paraíso, reforzaré mi flota de paraguas, no me compraré nunca un piso bajo y rezaré para que algún día se haga caso, por fin, a Platón.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *