La canción de Pumares

En estos días que vamos a celebrar en el Real Sitio la festividad de San Ildefonso, anda el que suscribe un tanto preocupado por nacionalismos, separatismos y demás “ismos” que tratan continuamente de amargarme el desayuno y elevar mi escaso índice de rabia y odio hacia mis congéneres. La necedad diaria de presidentes y presidentitos, que de esos hay muchos por aquí, me amarga el refrigerio y me hace pensar constantemente en todas las cosas que, al parecer, tratan de separarnos, de romper nuestra identidad, de hacernos distintos unos de otros cuando, a los ojos de toda la humanidad, somos tan parecidos. Y eso me hace pensar cada mañana, a la vez que empieza a dolerme el estómago, en todas aquellas cosas que nos unen. Que nos hacen formar parte de una comunidad.

No será el pobre San Ildefonso, la verdad. Obispo afamado que fue de la hermosísima ciudad de Toledo, su relación con el Real Sitio es, cuando menos, sorprendente. Aquí nunca estuvo. Su cuerpo está enterrado en Zamora y su vida, en la Ciudad Imperial, donde guardan sus casullas milenarias, nunca mejor dicho, como oro en paño. Al parecer, los habitantes de los bosques de Segovia lo tenían como patrón y dieron su nombre el paraje donde los reyes castellanos perseguían osos, puercos y a alguna que otra hermosa moza serrana. Y si no, pregunten al Arcipreste de Hita. Que, a buen seguro, podría escribir un tratado sobre la belleza de las serranas. Suerte tuvo éste, por cierto, de que las segovianas de aquella época no supieran leer.

Pero, con ser basamento histórico no basta. Se necesita algo más. Que el día del Santo siempre es frío y nevado. En mes y semana laboral. Después de las Navidades. Perfecto para un vinito en la plaza, una jota petrificada y a Madrid a las rebajas.

Por eso, dirán algunos, tenemos dos patrones. El Santo de agosto es mucho más celebrado. Le acompañan verbenas y bailes, judías y juegos de aguas. Y mucha juventud embutida en ropajes diversos, cada cual más estridente. Pero ocurre igual que con el pobre San Ildefonso. De San Luis se acuerda la gente por lo que tarda en venir, que dice la copla. Ya nadie sabe si era paisano o francés; si su madre era castellana y él servidor de la iglesia en cruzada maldita que le costó la vida. Languidece el pobre en su altar de la capilla de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, aguardando a esa semana que tanto desgasta su nombre.

A estas alturas de la vida, por tanto, perdida la religiosidad por la mayoría, los santos ya no unen, ni siquiera en las celebraciones. Sin embargo, hay algo que diferencia en la celebración al francés del visigodo. El día de inauguración de las fiestas, tras el protocolario pregón, el pueblo presente en la plaza se desgañita durante unos intensos minutos cantando lo que todos llaman himno de La Granja. Hasta los niños más pequeños, entre balbuceos, acompañan alguna de las estrofas, logrando su mayoría de edad cuando pueden cantar la copla de un tirón.

Mientras todos cantan, abrazados en el éxtasis de la celebración, me viene a la memoria, Cronista que es uno hasta cuando no ejerce, el origen de aquella canción. Copla típica de taberna, fue, en sus inicios, cantinela de la Rondalla de La Granja. De allí la cogieron los peñistas y acostumbraban a cantarla entre limonada y cerveza. No obstante, no fue hasta los años ochenta que todos la tomamos por himno.

Y ahí entra mi querido amigo, José Ignacio Pumares, culpable de tan feliz metamorfosis. Con su banda de secuaces de la peña del Cencerro, Rafa, Juanjo y, sobre todo, Gustavo, subían al escenario y nos aleccionaban en el canto de tan hermoso estribillo. Una vez tras otra, verbena tras verbena, tomaban la escena al acabar el baile y nos identificaban con su música; con su son; con su letra. José Ignacio, tuno y tunante, lideraba la liturgia nocturna. Que llegamos todos a adorar las tunas y empezamos a llenar la plaza al acabar la verbena con el único objetivo de desgañitarnos, ponernos de rodillas y jurar por la virgen del Carmen, vaya usted a saber qué andaría haciendo la pobre en un pueblo sin mar, construir carteles dorados sobre puentes y vaciar los bares, repletos entonces de jóvenes felices para los que un botellón no era más que una recipiente enorme.

Y la copla se convirtió en canción y la canción en himno. Y el himno en pegamento de una comunidad. Que basta empezar la trova en un bar para que los parroquianos sigan la estrofa y se llenen los vasos una y otra vez. De cantarse en las verbenas, a las cuatro de la mañana, a entonarse oficialmente después de que el pregonero acabara, inaugurando los festejos.

Por ello, todas las mañanas, cuando empieza a dolerme el estómago escuchando las noticias, cuando aquellos que se separan, separadores, separados y separatistas, los que ciegos buscan diferencias y no semejanzas, sonrío y me acuerdo de la Canción de Pumares. Tarareo un par de estrofas, termino mi desayuno y empiezo mi día con una sonrisa, feliz de vivir con seis mil compadres, con todos los que se han ido y los que se irán, sabiendo que, al menos, durante cinco minutos al año no habrá diferencia alguna que nos separe.

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