El torito turista del Real Sitio

Andaba escribiendo el otro día un artículo para el Adelantado de Segovia, investigando sobre el origen de las fiestas de San Luis, y me encontré con una novedad muy curiosa. Resulta que en 1888 se celebró un encierro de toretes, no se sabe muy bien por dónde. El resultado de tal diversión fue que dos de los animalitos se escaparon del recorrido planeado. Uno de ellos fue prontamente capturado. El otro, como tantos otros que por primera vez llegan al Real Sitio, decidió hacer turismo, vagando por el entorno in secula seculorum e instaurando una tradición poco conocida de éste mi paraíso: el torito turista. A lo largo de los años, otros toritos, no muchos, han optado por tomar las de Villadiego, pasar del festejo y pasear por tan maravilloso lugar. La nómina es, pese a lo que muchos piensan, bien extensa. En estas líneas trataré de recordar a un par de ellos, quizás los más famosos.

Que un servidor recuerde, seguro que hubo muchos más antes, uno de los más furiosos fue aquel que, estando la plaza de toros montada en lo que hoy día es el campo de futbol de hierba artificial, decidió que le interesaba más la puerta de salida que la del toril, rompiéndola y saliendo a la pradera del hospital, quizá buscando la sombra de los preciosos olmos que aún subsistían allí. Ni que decir tiene que los veraneantes que descansaban en aquella umbría no compartieron las ansias de diversión del animalito, poniendo pies en polvorosa.

Sin embargo, hablando de ansias de diversión, la palma se la llevaron aquellos que cruzaron un toro charolés con una vaca brava. El resultado fue Topete, bestia corrupia de inmensa talla a quien no había valla o muro que retuviera. Una de esas veces, cansado el torito del redil, decidió darse un paseo por el Real Sitio, recorrer la bella plaza y la barroca calle de la Reina, obligando a que todo vecino, cristiano o no, buscara el refugio de la parroquia, dejando a mi abuela María asombrada de tan piadoso arranque de fe.

Tampoco me puedo olvidar de aquel enorme cabestro que, cansado del reiterativo camino hacia el coso, se dio una vuelta por la plaza de los Dolores y recetó una semana homónima en el hospital a mi querido y añorado amigo, Jesús Cuesta.

Mas, de todos los toritos turistas, ninguno tan famoso como aquel que vino a participar en el primer encierro organizado por la Asociación Taurina del Real Sitio. Si no me equivoco, fue en 1991. El torito decidió durante el desencajonamiento que las siete y media de la mañana era una hora tan buena como otra cualquiera para darse un paseo por el Real Sitio. Saltó del camión y puso pies en polvorosa con las talanqueras aún abiertas.

Decidido a conocer a los lugareños, según me contaron aquellos que lo vieron, se presentó en primer lugar a un japonés, turista como él, que salía del cajero automático de la extinta Caja de Ahorros. En el evidente choque cultural salió perdiendo el japonés que, a buen seguro, no habrá vuelto a entrar en un cajero español en tan intempestiva hora. No estoy seguro de que alguien llegara a explicar a aquel pobre hombre que no es costumbre española eso de soltar toros por la calle antes del desayuno y sin avisar.

Siguió el torito por la calle infantes, junto al actual parador, buscando amigos, vecinos o no, en el Real Sitio. Por allí bajaban un par de peñistas con esa sonrisa absurda que conllevan los efluvios del alcohol. Sorprendidos, discutieron de la enorme influencia del citado derivado del carbono en su cerebro que les provocaba visiones torunas. La embestida del morlaco contra el coche que los separaba obligó a éstos a parapetarse, olvidando todo postulado metafísico.

Dado que no había congeniado con aquellos, buscó el torito a otro pobre peñista que, abatido por el cansancio, dormitaba sobre un banco frente al restaurante La Fragua. Olisqueaba el torito al inmóvil mozo hasta que un atento colega le despertó de un grito, quizás buscando que entablasen algún tipo de relación que a un servidor se le escapa.

Finalmente, después de presentarse al dormilón del banco, llego el torito turista al Medio Punto. Seguramente embriagado por la espectacular vista del Palacio Real y las frondas que lo rodean, quedó inmóvil junto a las cadenas que impiden el paso de vehículos, frente al cuartel de la Guardia Civil. De allí salió uno de los agentes, alertado por algún vecino. Ametralladora en mano, se plantó frente al torito, descargando el arma sobre él. Terminado el cargador, comprobó estupefacto el agente que el bicho seguía en pie, con cara de desgana ante el ruido que perturbaba la magnífica vista. Mientras los transeúntes alababan la fortaleza del animalito y discutían acerca de la inmortalidad, el guardia civil retornó al cuartel para coger un arma que no estuviera cargado con balas de fogueo. Esta vez, con un cetme reglamentario y pertrechado correctamente, acabó con el tour de aquel torito, el más famoso de cuantos hayan recorrido las calles del Real Sitio. Algunos cuentan que la primera de las balas que atravesó al torito salió despedida hasta alojarse en uno de los tapices de palacio, habiendo roto previamente parte de un ventanal.

En cualquier caso, sea esto último cierto o no, solo espero que la próxima vez, si ha de haberla, el torito no se acerque tanto al Palacio Real. Que tome camino del pinar o, puestos a elegir, se acerque hasta Valsaín. Que allí sí que saben qué hacer con los toritos. Turistas o no, llevan siglos tratando con animales y a eso, como a tantas otras cosas, no hay quién les gane.

Y si no se lo creen, acérquense allí y discútanlo con ellos.

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