El pinar simbiótico

Andaba el que suscribe metido en entrevistas con vecinos del Real Sitio a cuenta de una publicación de Parques Nacionales y del Archivo de Memoria que el CIGCE lleva años construyendo, cuando me llegó la noticia de la aprobación de las enmiendas sobre la Ley de Parques Nacionales en el Senado. Alertado de ello por la siempre útil rne, rápidamente me puse en contacto con mi amigo Enrique Bellette Puente para que me pusiera al día. Por el camino, me encontré con mi querido amigo, el siempre madridista y temporalmente Senador del Reino, Félix Montes y pude intercambiar unas palabras al respecto.

Después de hablar someramente con ellos y analizar en igual medida el texto de las enmiendas aprobadas, llegamos a la conclusión de que aquello no respondía a lo que un servidor pensaba. Más bien a acuerdo para que aquellos que tienen terrenos privados afectados por la declaración de Parque Nacional puedan seguir con sus monterías. Ya saben, capitostes pegando tiros a todo lo que se menea, sea en Parque Nacional o residual.

Un tanto decepcionado por la acción legislativa del Estado, nada nuevo por otra parte, volví a mis quehaceres de investigación y difusión del patrimonio cultural e histórico del Real Sitio. Y, fíjense por donde, que, como les he avisado al principio de estas letras, esas obligaciones me llevan últimamente a preparar un dossier audiovisual para Parques Nacionales, acerca del antes y el después de mi Paraíso y cómo ha influido la declaración en el entorno.

Con la pregunta de marras en la cabeza, volvía el otro día de la Universidad y, una vez más, gracias a la radio, pude escuchar la opinión de un representante de WWF quejándose de la posibilidad de cazar en los Parques Nacionales, lo que degradaba nuestros parques del nivel 1 al nivel 3, como ocurre con la mayoría de los parques europeos. Y uno, que es muy suspicaz, pronto comprendió que el modelo que perseguimos, al parecer, es el estadounidense. El citado modelo americano de Parque Nacional, iniciado en Yellowstone, el primero de ellos, tiene como objetivo la preservación de entornos naturales salvajes, alejándolos de la actividad humana. Allí, en esos grandes espacios, los estadounidenses pretenden que el virus en que normalmente se convierte el ser humano no destruya aquellos parajes únicos.

Pues resulta que en Europa y, especialmente en mi Paraíso, la presencia humana es consustancial al desarrollo del biotopo desde los orígenes de su presencia. Es inviable comprender el actual Parque Nacional sin la presencia del ser humano. Allá donde vaya uno, es imposible no encontrar huella de tal actividad, siendo su esencia actual el fruto de la simbiosis de lo humano con lo natural, razón por la que ha sido declarado Reserva de la Biosfera por el programa de UNESCO “The man and the Biosphere”, esto es, el Hombre y el entorno natural.

En consecuencia, a pesar de que UNESCO celebra y premia la actividad humana en el mismo territorio, la Ley de Parques Nacionales establece una serie de restricciones a la actividad humana tradicional que provocan una paradoja básica y conducirán a un desajuste de la simbiosis citada que nuestros nietos nos recordarán amargamente. Para empezar, la prohibición de la explotación comercial de los recursos madereros, además de acabar con el motor económico tradicional de la zona, afectará directamente a mis amados judiones del Real Sitio. No pudiendo acceder al pinar a recoger las varas, los Maestros Judioneros tendrán que emplear piquetes y cuerdas para que crezcan las plantas. O cáñamos. O bambú. Que en cuanto se entere mi amigo de Beijing, inundará su establecimiento de varas para las judías. Y por mucho que los cultivadores de judías no vean peligro en ello, seguro que la calidad de la judía se verá afectada por el cambio del diámetro de la vara.

¡Y qué decir del pinar! ¿La entresaca natural de pimpollos secos quién la hará? No se destina prácticamente dinero para la limpieza del pinar y con la desaparición de la cuadrilla de limpia y de la mayoría de los gabarreros las partes altas del bosque se convertirán en un criadero de detritus orgánicos, fuente de degradación imparable del entorno.

En cuanto a la caza, base primigenia de la presencia humana en el Paraíso (y eso me hace remontarme como mínimo unos 28.000 años, con la presencia de los primos Neardentales), ha formado parte de la selección animal, tanto en lo que se refiere a su población como a la presencia de especies. En esos miles de años, la actividad cinegética humana en el Paraíso eliminó los grandes depredadores, siendo el hombre el único que queda en este ecosistema. Es cierto, por otra parte, que la caza ya no forma parte esencial de la economía familiar del factor humano. Sin embargo, no hay que menospreciarlo y banalizar su importancia. Dada nuestra penosa historia reciente, la actividad cinegética, sea caza o pesca, ha sido parte importante de la alimentación de los núcleos humanos del Paraíso hasta bien entrados los años sesenta del siglo pasado. Si bien es cierto que ninguna familia pasará hambre por la prohibición de la caza, el ecosistema no lo entenderá así. Aunque los sistemas naturales suelen autorregularse en plazos de tiempo medios, no podemos estar seguros de cómo afectará a la biodiversidad la desaparición del único gran depredador de la zona. Me dice mi amigo Enrique que la desaparición de conejos y liebres será paulatina y exponencial el aumento de zorros, sin poder asegurar qué ocurrirá con jabalíes y corzos. ¿Vendrán espontáneamente otros depredadores? ¿La propia naturaleza seleccionará ese aumento de demográfico con enfermedades endémicas al estilo de las plagas bíblicas egipicias? Por último, ¿tendrá algo que ver el paulatino aumento de la presencia de lobos en la zona con la desaparición del otro gran depredador?

Los cierto es que todo se escapa un poco a mi entendimiento. No quiero dejarme llevar por catastrofismos y políticas personales del “ya lo había dicho yo”, callándome ante tal situación. No hay que olvidar que, en la mayoría de los casos, la intervención humana en el orden natural de las cosas naturales ha desembocado en una plétora de desastres de difícil solución y aún más comprensión. Ahí está la historia para confirmarlo.

Por lo que a mí respecta, seguiré luchando por preservar la riqueza de mi Paraíso, defendiendo lo que de humano hay en tan maravilloso lugar, colaborando, apoyando y escuchando cuantas iniciativas haya a favor de mi Paraíso. Y, por supuesto, luchando por que las judías de La Granja sigan siendo el manjar divino que son. Ese punto, amigos míos, siempre será innegociable.

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