El agua del Real Sitio

Después de unos días debatiendo calidades de aguas, olores y sabores, algas y batracios, brillos y opacidades de estanques y pantanos. Después de leer comunicados, artículos, intervenciones, quejas, escaqueos e inculpaciones. Después de contemplar un desfile de vecinos con botellas, garrafas, redomas, vasijas y hasta damajuanas, secando la pobrecita fuente del Castillo, en La Pradera de Navalhorno. Después de todo ello, lo único que me viene a la memoria es la voz de mi querido tío Fernando, el pasado mes de julio.

Resulta que, tras varios intentos, conseguimos citarnos a primerísima hora de la mañana, más allá de la Puerta del Campo, justo en el partidor que hay junto a la puerta del Molinillo. Un poco por encima de la fuente de la Magdalena, en la misma puerta de la Casa de Las Flores. Allí, mi tío tuvo a bien relatarme en clase práctica la distribución de aquel tesoro líquido que durante siglos ha sido uno de los principales alicientes del Real Sitio.

Con los paredones del Reventón y Peñalara frente a nosotros, el esplendor de la naturaleza salvaje nos enseñaba el camino. En fabulosa y sonora cascada, el arroyo del Chorro descendía a través de la fronda hasta el partidor, como en uno de esos documentales de National Geographic que, a cámara lenta, suelen dejarnos boquiabiertos. Al llegar al partidor citado, salía una toma o teja, como gustan decir mi tío y mi padre, hacia el plantel del jardín de palacio. Otra, antes de entrar en la población, era captada por el molino de Castro, quien tenía su propio embalse en miniatura, llegando el cauce restante a un segundo partidor.

A ese colector acudía otra corriente gemela, el conocido arroyo de las Flores, hoy tristemente embutido en una despreciable tubería. Lo mismo hacían el arroyo Carneros, el Morete y parte del de la Chorranca, si no me equivoco, llenando varios de ellos el Mar de los Jardines y transformándose en la famosa Ría del Jardín, poblada de truchas comunes de la fantasmagórica piscifactoría; allí gustaba Alfonso XIII de practicar tan divertido pasatiempo y un servidor y sus compinches de plantar arreos y pescar ranas.

Este flujo constante de agua alimentaba a base de tejas los centros de principal actividad del Real Sitio y las huertas de Navalaloa. Buena parte se lo llevaba la vieja Real Fábrica de Cristales, reconvertida hoy en Fundación Centro Nacional del Vidrio, resucitada ya por tercera vez. Que su próximo presidente debería llamarse Lázaro, oiga.

El resto del arroyo de las Flores, tras superar su contribución al ingenio fabril, acababa en las huertas de Cristino, desaparecidas en los años setenta, ocupado su lugar por la colonia Esperanza y algunos de los mejores semilleros del rico y dorado judión, trabajados, entre otros, por los maestros Tomasele, Pedrín, Ángel Marcos y el padre del Señor Bellette, mi compadre.

Además de las huertas, el agua continuaba su frenético viaje por el Real Sitio, abasteciendo el desaparecido matadero y, ya extramuros, el Real Club de Campo del Tiro Pichón, hogar de los primeros campos de golf y de lawn-tennis del país; la Casa del Duque, donde se decidió proponer en 1870 al duque de Saboya como rey de España e, incluso, la Huerta del Venado, transformada en residencia de ricos y riquísimos. Más allá de aquel punto, vertíanse las aguas de este Shangri-La en el río Valsaín, justo antes de casarse con el Cambrones para alumbrar el segovianísimo Eresma, topónimo derivado, por cierto, del nombre de la tribu celtíbera de los arévacos, quienes cazaban, pescaban y recogían setas libremente. Eso sí, hace más de dos mil años.

Estas venas y arterias del Real Sitio se completaban con la ingente plétora de manantiales del pinar y bosque de Valsaín, dando a mi Paraíso una calidad de aguas que ya hubieran querido tener los de La Toja: de los prístinos cañuelos de la Chorranca, Chotete, Zorrillo, Charcón de las Ranas, Tres Varas, Ratón, La Plata, Raso del Pino, Cruz de Abastas, Majada de Rompe; a las salvajes aguas de la fuente del Batallón Alpino y sus dos caños o la escurridiza fuente de la “Merendá”, por decir alguna y que mi amigo Jesús no se enfade al leer estas líneas.

Este permanente fluir y trasvasar; saltar y escapar; mojar, refrescar y empapar, han formado parte inherente del Real Sitio. Son seña de identidad de la Reserva de la Biosfera y corazón del Parque Nacional. A todos nos corresponde proteger y preservar esta riqueza. Conservar su divino sonido, que lleva milenios provocando la sonrisa de los chiquillos, y su puro sabor, que ha alegrado otros tantos años el esforzado camino del habitante de los bosques, del transeúnte o del explorador; del cazador y del pescador; y, por supuesto, la felicidad de seteros, antes de que la ciencia infusa los convirtiera en micólogos. No quiero ni pensar en ese improbable día en el que tuviéramos que caminar por el Paraíso con botellitas de agua analizada por el laboratorio del Doctor Oliver.

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